martes, 19 de octubre de 2021

Bowie Stylophone Limited Edition

 


El Stylophone fue inventado en 1968 por Brian Jarvis de Dubreq Studios, Londres. Al reparar un piano de juguete para su sobrina, Brian tuvo la idea de reemplazar las teclas de juguete con componentes electrónicos, creando un órgano monofónico y un sonido electrónico único. 

Diseñado con un oscilador simple, controlado por un teclado de metal en una placa de circuito impreso y tocado con un lápiz de mano, nació el Stylophone. 

El sintetizador de bolsillo Stylophone fue un éxito de la noche a la mañana como un instrumento divertido de usar y fácil de tocar es uno de los instrumentos musicales más vendidos de todos los tiempos.

En julio de 1969, David Bowie lanzó el sencillo "Space Oddity", inspirado en la película "2001: A Space Odyssey" de Stanley Kubrick, que había visto en el cine seis meses antes. Fue la primera canción pop que contó con el Stylophone y su tono electrónico único. La canción presenta al personaje Major Tom, un astronauta de ficción que se lanza en una misión al espacio. Bowie continuó haciendo referencia a Major Tom a lo largo de su carrera  en "Ashes to Ashes" (1980) y "Hallo Spaceboy" (1995). Major Tom también aparece en el vídeo musical de "Slow Burn"(2002) y finalmente en el vídeo de Blackstar (2015).

Los sintetizadores estaban ganando popularidad, aunque los instrumentos que se fabricaban en ese momento eran grandes, costosos y complicados de operar. El Stylophone era un tipo diferente de sintetizador: pequeño, asequible y completamente accesible para personas de todas las edades. Su zumbido, el sonido de la era espacial complementaba la canción a la perfección: futurista y extraño, también muy expresivo y ligeramente frágil. 

David Bowie escribió "Space Oddity" en torno a su sonido. Fue el primer sencillo de Bowie en las listas del Reino Unido y recibió el Premio Especial de Originalidad Ivor Novello en 1970. Fue utilizado por la BBC durante su cobertura del aterrizaje lunar del Apolo 11. 



"Un joven David Bowie estaba extasiado cuando los creadores del Stylophone lo eligieron para recibir una unidad de cortesía. Fue uno de los primeros en tener uno y en la forma de hacer música. Inmediatamente lo puso a trabajar y escribió una canción en torno al sonido único del instrumento que, por supuesto, era "Space Oddity". (Recuerdos de Tony Visconti)

Incluso en 2002 David volvió a grabar con el Stylophone para la canción "Slip Away", en su álbum "Heathen".

Bowie siempre interpretó y grabó las partes del Stylophone él mismo. Momentos destacados en "Heathen" como el solo en "Slip Away" y las hermosas e inusuales texturas en capas del cierre del álbum, "Heathen (The Rays)". El instrumento también aparece en los lados B "Safe" y "Your Turn To Drive". En cada caso, el sonido único del Stylophone comunica algo nostálgico y futurista, esperanzador y frágil, extraño y expresivo. En giras posteriores y actuaciones en directo se podía ver a Bowie tocando un Stylophone S1 blanco de edición especial. 

(Extraído del folleto "Bowie Stylophone Limited Edition)































miércoles, 18 de agosto de 2021

Storytellers

 


Bowie y su banda tocaron en Storytellers de VH1 de forma memorable. David apareció con el pelo largo y vestido con una sudadera con capucha y demostró que era tan buen cómico como cantante. El repertorio estaba repleto de sorpresas. Reapareció "Word On A Wing", lo mismo que "Drive-In Saturday". Cuando la banda se arrancó con el ritmo mod de "Can't Help Thinking About Me", que no se había interpretado en un tercio de siglo, sonaba tan viejo que parecía un tema nuevo. Mike Garson volvió a ocuparse de los teclados. 

Mark Plati cuenta una anécdota que demuestra que Bowie reconocía los peligros de la caja de Pandora que suponía Internet: "Una cosa que no salió adelante fue un pequeño monólogo que David hizo antes de "I Can't Read" y que no se utilizó. Hablaba de la saturación de información que afrontamos hoy en día, en televisión, Internet, etc., y de cómo la gente se rebela contra ella silenciándola. Se estaba poniendo muy serio, y Mike Garson empezó a tocar un acompañamiento muy lúgubre con un sonido de cuerda. David interrumpió su monólogo y dijo: "Oís lo mismo que yo?" Y todos no echamos a reír." Para Garson, aquella fue una actuación mágica: "Tengo que decir que abrir el concierto con él con "Life On Mars?" significó mucho para mí. No es lo mismo que si hubiera tocado en el original, porque fue Rick Wakeman quien lo hizo, pero sí lo toqué con los Spiders, y el hecho de hacerlo con piano y voz me pareció muy hermoso".

Storytellers supondría la última actuación junto a Bowie para el hombre que durante todos aquellos años le había apartado de las tendencias al uso para llevarle hacia la música experimental. 

La prensa informó de que se trataba de una separación amistosa y que Gabrels se había tomado un receso para terminar su trabajo en solitario antes de reincorporarse a la compañía ambulante de Bowie. En realidad, esto no es del todo cierto. Gabrels tenía, en efecto, un trabajo en solitario por terminar, pero la verdad es que en el plano artístico, él y Bowie se habían distanciado. Fue, de hecho, el primer colaborador y guitarrista principal de David que se marchó en vez de ser desestimado para el siguiente proyecto. 

Fuente: "David Bowie, una extraña fascinación", David Buckley. 










David Bowie: Storytellers


Tengo muchas historias que contaros. Ojalá tuviera más tiempo para contaros cosas como… la de cosas que os podría contar… ¡No os lo podéis ni imaginar!


Bienvenidos a Storytellers.


Bueno, me gustaría presentar al resto de los artistas que estarán esta noche…


Allá por 1968 me encargaron que escribiese la letra en inglés para una canción francesa que se llamaba “Come d’habitude”. Decidí probar suerte y le puse el desafortunado título “Even a cool learn to love”. Rechazaron mi versión de plano y creo que con razón, y le pasaron el proyecto a Paul Anka, que hizo otra letra distinta y le dio el sencillo y efectivo título de “May Way”. Así que para vengarme, compuse “Life On Mars”. Pero recibí mi merecido cuando Barbra Streisand decidió versionar “Life On Mars”. En una de sus fases de mayor desvarío, dejó que su marido de entonces, que era también peluquero, se encargara de la producción, los arreglos y, probablemente el secado. En cualquier caso…



Os podría hablar cuando conocí a Marc Bojan, que se convirtió en un muy buen amigo mío. De hecho eso ocurrió a principios de los sesenta, cuando nadie nos conocía ni de oídas. No éramos nadie. Éramos dos niñatos desconocidos con mucha ambición y los dos teníamos el mismo manager. De hecho, coincidimos por primera vez el día en que tuvimos que pintar la pared de su despacho.


“Hola, ¿tu quién eres?”


“Soy Marc, tío.”


“Vale, y a qué te dedicas?”


“Soy cantante.”


“¿Ah si? Y yo.”


¿Eres Mod?”


“Sí, soy el rey de los Mods”


“Vaya zapatos llevas”.


“Pues tú eres enano”.


Así que nos hicimos muy amigos. Marc renovó mi vestuario en los contenedores. En aquella época, Carnaby Street, el distrito de moda, atravesaba una fase de riqueza increíble y, en lugar de coserle los botones nuevos a las camisas o cremalleras a los pantalones, cuando cerraban lo tiraban todo al contenedor. Así que nos recorríamos Carnaby Street, esto era antes de King’s Road, de contenedor en contenedor. Íbamos a las 9 o 10 de la noche y renovábamos el guardarropa. Así de dura era la vida. 


También os puedo hablar de cuando tocábamos en clubs de trabajadores del norte de Inglaterra, una zona deprimida, y me presenté como Ziggy Stardust. Estaba en el camerino de un club y le pregunté al encargado:


“¿Dónde están los baños?”


Y me dijo:


“Mira, vas por ese pasillo, ¿ves ese lavabo en la pared del fondo? Ese es el baño. Así que me contoneé sobre mis plataformas y le dije:


Querido no pienso mear en un lavabo”


Y él me contestó:


“Mira, hijo, si a Shirley Bassey le pareció bien, a ti también.”


Los viejos tiempos, supongo. 


Esta bonita cancioncilla pertenece a nuestro nuevo disco, “Hours”. Se llama “Thursday’s Child". No penséis que se trata de un título de sabiduría arcana. Está inspirado por el recuerdo de la autobiografía de Eartha Kitt. Cuando tenía 14 años, solía leer a Eartha Kitt y D.H. Lawrence antes de irme a la cama. No solo antes de irme a la cama, la verdad sea dicha. Y, un día, en una librería, ví una edición de bolsillo de la vida de Eartha Kitt. En la portada salía ella posada en un árbol, en una pose muy sexy, con un paisaje campestre de fondo, y el libre llamaba “Thursday’s Child”. Eso lo llevo grabado desde que tenía 14 años, no sé por qué. Y me vino a la cabeza hace unos meses cuando compuse este tema. Debo decir que la canción no trata de Eartha Kitt.




El difunto, pero aun imparable, Stevie Marriot y yo fuimos buenos amigos en los sesenta. Steve era muy bajito, pero nunca se quedaba corto de grandes ideas. “Tengo una idea”, solía decir, mientras comíamos huevos con bacon. “¿Por qué no formamos un duo de R&B y lo llamamos “David y Goliat”? Tú serás David”. Sí, bueno. Entonces yo andaba haciendo el tonto con un grupo de imitadores  de Muddy Watters llamados “The Mannish Boys”. Y una noche se me acera en el vestuario y me dice:


“Mis colegas Ronnie y Kenny y yo vamos a formar un grupo. Bueno, lo que queremos hacer es coger unos amplificadores y una batería gigante, un poco como The Who, ¿sabes?, pero como vamos a ser unos canijos nos vamos a llamar “The Small Faces”. Y funcionó. Y a lo grande.


Esta canción es de esa misma época. Probablemente es algo posterior, y es la primera canción que compuse y grabé en solitario. Es un hermoso ejemplo de solipsismo, se llama “Can’t Help Thinking About Me”. Contiene, aunque haya quien discrepe, uno de los peores versos que he escrito. Queda mejor si los canto. Mi chica me llama “Eh, Dave, pásate, vuelve, nos vemos si pasas por aquí otra vez”. ¿No os parece mi peor verso? Entonces mejor ignoramos las letras de Tin Machine. Pero no podemos ignorar al que las escribió. La culpa la tiene el ordenador. 



No, ya no compongo así. Voy a volver a Stevie Marriot. Compartimos el mismo roadie. Por motivos prácticos, pongamos que se llamaba Doug Bennett. Es un nombre. Doug Bennett. Un tío bajito, robusto, gruñón, totalmente analfabeto, pero trabajaba bien. Un día cayó en mis manos un coche americano, y tenía tantas ganas de conducirlo que de un salto me puse al volante, y con Dougie de copiloto, cogí la autopista para ir a un concierto a una velocidad de vértigo. Ni que decir tiene que, con la suerte que tengo, nos paró la policía. El típico bobby inglés. Se acercó a la ventanilla del conductor, a la que sería la ventanilla del conductor en un coche inglés. Golpeó la ventanilla con los nudillos, bajamos el cristal y dijo:


  • “Señor, ¿sabe usted a qué velocidad iba?”.


Él dijo: “Me llamo Doug Bennett, no sé leer ni escribir y ni siquiera conducía, joder”. 


Iggy Pop y yo éramos dos chicos muy malos. Fuimos a Berlín a aprender a ser buenos. ¿O estaba viendo el canal de viajes? No me acuerdo. Es muy del siglo XX eso de aplaudir a la frase de un anuncio. Recuerdo que una mañana después de una noche especialmente loca, nos vimos en una cafetería que solíamos frecuentar y nos contamos las hazañas de la noche anterior. Y el de Iggy, o Jim, fue el relato más extraordinario. Dijo que había ido a un bar punk. Era el aniversario de la construcción del muro. De algo así te acuerdas. Y él fue a una fiesta conmemorativa que celebraban en un bar punk. Habían construido una réplica casi exacta del muro de Berlín y, cuando dieron las 12 de la noche, cincuenta salvajes enloquecidos se abalanzaron sobre el muro y lo derribaron a mordiscos y puñetazos. Dale que te pego… Pero dijo que lo que más le impresionó fue lo que vino después, porque se pusieron, una vez que hubieron derribado el muro, se formaron pequeños grupos de punks en los rincones que lloraban amargamente. Lloraban sin parar. Me pareció que era una cosa de lo más conmovedora y un recuerdo auténtico del Berlín de mi época, de todos modos. 


Esta canción la compuse con Jim por aquel entonces. Y supongo que esta también trata de invasión y explotación. 



Dicen que el recuerdo nos ayuda a interpretar el destino. Eso parece. Y recuerdo que una vez, en la década de los setenta, el revolucionario y fundador del Partido Internacional de la Juventud, Abbie Hoffman, me dijo:


  • “El mañana aun está por construir”. 


Y me recordó que si movemos un grano de arena, la tierra ya no es exactamente la misma. 


Nadie echará adémenos a uno que se fue a un viaje de negocios y nunca llegó. Eso lo dijo David Mamet. Y con esa frase llegamos a una nueva canción, un tema del nuevo álbum. Se titula “Seven”. 



“Drive-In Saturday” estaba destinada a ser el nuevo single de Mott The Hoople, que habían conseguido un éxito considerable con otra canción que había escrito para ellos llamada “All The Young Dudes”. Decidieron que había llegado el momento de escribir sus propias canciones, así que me la devolvieron. Me enfadé tanto aquella noche en Florida que me afeité las cejas. No es broma. No bromeo. Me emborraché y me afeité las cejas. Me molestó tanto que no quisieran la canción. Les di una lección. Y ahora os la doy a vosotros. 


Los años 1975 y 1976, y parte de 1974 y las primeras semanas de 1977 (risas)… fue la época más oscura de mi vida. Estaba tan hundido en la miseria que me resulta casi imposible recordarlo. Es muy doloroso. Me preocupaba por cosas como: “¿Se interesan los muertos por los asuntos de los vivos?”, “¿Puedo cambiar de canal sin usar el mando?” (risas). Esta canción debió de ser, sin yo saberlo, un grito de socorro. Estoy seguro de que fue un grito de ayuda. Se llama “Word On A Wing” y es del disco “Station To Station”. 



miércoles, 7 de julio de 2021

La falacia del fascismo de Bowie

 

         En el documental White Riot, de la directora Rubika Shah, que trata sobre el movimiento Rock Agains Racism, aparecen prácticamente como fascistas David Bowie y Eric Clapton. Solo he visto el breve pasaje en el que aparece Bowie, suficiente para presentarlo como fascista. 


Bowie aparece como un fascista por unas declaraciones que hizo a mediados de los años setenta sobre Hitler. En este mismo blog tenemos esas declaraciones publicadas ya en España en el libro Bowie visto por sí mismo, que son básicamente éstas:


Adolf Hitler fue una de las primeras estrellas de rock. Vete a ver alguna de sus películas y fíjate cómo se mueve. Creo que es casi tan bueno como Jagger. Es asombroso. Y, chico, cuando subía al escenario, trabajaba al público. ¡Dios, Dios! No era un político. Era un artista de los medios de comunicación de masas. Utilizaba la política y el teatro y creó esa cosa que gobernó y controló el espectáculo durante doce años. El mundo nunca verá algo parecido. Su público era una nación entera.


¿Apología del nazismo? Ni rastro. Simplemente Bowie vio similitudes entre los discursos de Hitler, con todo el poder mediático que tenían, con un concierto de rock. Y probablemente, razón no le faltaba. 



La realidad es que Bowie nunca fue racista. Precisamente en la época de mayor sospecha,  siempre trabajaba con músicos negros, por no hablar de su preferencia hacia las mujeres negras, ya latente en esa época. Seguramente sus declaraciones fueron ambiguas, pero también fueron ambiguas sus declaraciones sobre su sexualidad a principios de los setenta. Bowie ni fue gay ni nazi. Simplemente le gustaba provocar, algo muy propio de los artistas de rock. Solo que Bowie siempre fue el más provocador. Y en esto resultó ser más original que otros artistas, que eran abiertamente de izquierdas como Lennon. El hecho de que aún se siga hablando del tema nos da una idea de lo mal que se interpreta a Bowie. No hay que tomar en serio sus declaraciones porque no se corresponden en absoluto con su forma de ser. Son declaraciones provocativas. Nada más. Es evidente que Bowie se interesó por el nazismo, que coleccionaba objetos nazis etc. Pero jamás se identificó con el líder Powell. Por otra parte, el interés de Bowie hacia el nazismo giraba en torno al ocultismo, muy de moda en la época. Para entender la confusión es preciso añadir que a Hitler no le gustaba el ocultismo y que lo rechazaba habitualmente en sus conversaciones. Se tiende a caer en la trampa de la sospecha de nazi cuando se lee sobre ese movimiento. Sin embargo, las estanterías de las librerías siempre están repletas de libros sobre la Alemania nacionalsocialista. Por tanto, es un género que vende bien. ¿Es nazi todo aquel que lee sobre el nazismo? Evidentemente no. Pero la prensa es especialmente engañosa en ese asunto. 



Bowie se alejó con acierto de la imagen de estrella del rock. Ciertamente, su imagen de mediados de los setenta -mi favorita- se prestaba a relacionarlo con el fascismo. Vestía de negro, llevaba el pelo corto y rubio. Es una imagen que sigue siendo elegante viéndola hoy. No hay más que comparar a Bowie con su banda, o con otra gente de la época. Bowie es diferente, elegante y no pasa de moda. 


        El periódico El País publicó un artículo precisamente el día del último cumpleaños de Bowie, el 8 de enero de 2016:


 "Una pena que con la salida de su nuevo disco, Blackstar, el británico (que justo hoy, 8 de enero, cumple 68 años) no ofrezca entrevistas para poder hacerle la gran pregunta: “Señor Bowie, ¿hizo usted el saludo nazi aquel día de mayo de 1976 en la estación Victoria?”. Eso, una pena..."


         El periodista ni siquiera debió documentarse, porque Bowie sí negó en infinidad de ocasiones que hiciera el saludo nazi. Pero ya sabemos cómo manipula El País la información. A Bowie le preguntaban constantemente sobre el asunto. 


            Otra cuestión es qué le hubiera ocurrido a Bowie de haber hecho aquellas declaraciones ambiguas con respecto a Hitler en los últimos años. Ya tenemos ejemplos de artistas que han tenido que pedir perdón por decir que admiraban la arquitectura nazi o que Hitler lucho eficazmente contra el desempleo. Las declaraciones de Bowie hoy día le hundirían mediáticamente. Ni siquiera sus actuales seguidores las aceptarían. Para mí no dejan de ser unas declaraciones al más puro estilo Bowie de aquella época. No me sirven para tildarle de nazi ni fascista.


         Reproduzco a continuación todo lo relacionado con el asunto en las biografías de Paul Trynka y David Buckley, que creo aclaran suficientemente la controversia: 


Durante la mayor parte del viaje, el grupo logró evadir el control oficial al viajar como turistas normales, pero cuando los pasajeros cambiaron a un tren de vía ancha en Brest, en la frontera rusa, tuvieron un encuentro con la KGB que les ordenó que cogiesen dos maletas cada uno y que acompañasen al funcionario a una enorme sala de interrogatorios. “Entonces, llegó un tipo que hablaba inglés y nos dijo, con un tono estremecedor: "No los esperábamos"», comenta Kent.


A Kent le confiscaron un ejemplar de Playboy; Iggy atrajo especialmente la atención debido a un intento de soborno, ya que, impulsivamente, les había entregado las flores que decoraban su compartimento. David llevaba un enorme baúl lleno de libros, que la KGB revolvió y de entre los que sacaron «uno, quizá dos», comenta Kent. Los títulos ofensivos versaban sobre «ese tema», el Tercer Reich. Sin embargo, el que se los llevasen no les preocupó; lo que sí que les preocupaba eran los documentos de viaje que los policías de la frontera examinaban con detalle. Finalmente reconocieron a regañadientes que estaban en orden.


Cuando les devolvieron los pasaportes y los formularios, la pequeña comitiva dejó escapar un suspiro de alivio. Entonces, amenazador, un funcionario rubio y fornido, que supusieron pertenecía a la KGB, dio por terminado el encuentro con la siguiente frase: «Alguien irá a recogerlos en Moscú».


Se pasaron las horas siguientes charlando nerviosos y preguntándose qué les tendría preparado la KGB. Sin embargo, al llegar a la opulenta estación de Belorruskaya en Moscú, toda cubierta de mármol, el andén estaba vació; el gran hermano, como en muchas otras ocasiones, no había sido tan eficaz como pretendía y dispusieron de libertad para explorar. Después de dejar el equipaje en el Metropol, un lujoso edificio histórico de estilo Art Nouveau desde el cual Lenin había pronunciado varios de sus discursos más importantes y que había sido el escenario de la siniestra novela de Bulgakov El maestro y Margarita, pasearon por la plaza Roja, se hicieron fotos como alegres colegiales junto a reclutas rusos, se fueron de compras al centro comercial GUM, un enorme edificio con bóveda de cristal repleto de baratijas para turistas, y por último regresaron al Metropol, donde cenaron.


Sus aventuras en Moscú duraron apenas siete horas, hasta que cogieron el tren de vuelta, pero aún no habían terminado con la burocracia soviética, ya que camino de Helsinki la guardia fronteriza decidió registrarlos a fondo y exigir a David y a Iggy que se desnudasen. A ninguno de los dos les afectó en especial la experiencia, que se exageró y se convirtió en un escándalo sobre una supuesta desaparición de David. «No sé si fue un montaje publicitario o no-comenta Kent-, pero fue muy bueno.» El siguiente montaje publicitario, sin embargo, no resultaría tan sencillo de explicar, en concreto las palabras de David en una rueda de prensa en Estocolmo el 24 de abril, que no salieron a la luz hasta el 2 de mayo, cuando la gira Station to Station (también llamada gira Isolar) llegó al Reino Unido y David saludó a sus fans en la estación Victoria. Unos días después se publicaron fotografías en todos los periódicos entre las que aparecía una hecha por Andrew Kent en la que David estiraba el brazo en parecía ser un saludo nazi. Unida a sus comentarios en la rueda de prensa en Estocolmo una semana antes («Creo que a Gran Bretaña le podría beneficiar un líder fascista. En el fondo, el fascismo es en realidad nacionalismo») provocaron una tormenta mediática.



Unos días después, Bowie matizó sus comentarios en Estocolmo ante Jean Rook, del Daily Express. «Si lo he dicho, y tengo la desagradable sensación de que dije algo parecido a un periodista de Estocolmo, me sorprende que alguien se lo haya creído... Yo no soy una persona malvada. No voy de pie en coches saludando a la gente porque crea que soy Hitler.»


Rook consideró que estaba siendo sincero; su actitud estaba teñida de un fervor infantil que recalcaba su temor a ser malinterpretado. De todas formas, aquél no era más que un argumento comedido, típico de un político, que tendría que reiterar unos meses más tarde al declarar que le molestaba o le dolía que hubiese quien lo considerase racista. Pocos fueron quienes lo hicieron y desde luego ninguno de entre sus amigos. "[En él] no había rastro de nada de eso", comenta Ava Cherry. "Yo soy judío y nunca [percibí] actitudes antisemíticas. Si lo hubiese hecho, me habría ido", comenta Andrew Kent. Una grabación de la llegada de David demostró más adelante que su supuesto saludo hitleriano no lo era en absoluto. Sin embargo, las cintas de los periodistas contenían suficientes citas para demostrar que, a pesar que, a pesar de que no fuese racista, David disfrutaba coqueteando con la imaginería fascista en busca de un nuevo titular.



No cabe duda de que durante aquel sofocante verano de 1976, el fascismo chic de Bowie sintonizó con las opiniones expresadas por algunos de sus rivales. Siouxsie Sioux, la figura de Bromley en aquel momento, había declarado con desdén en una de las primeras canciones de los Banshees, «Love in a Void», que había «demasiados judíos para mi gusto», mientras que en el mes de agosto, Eric Clapton había soltado Gran Bretaña debería «echar a los amarillos y echar a los que negratas». La mayor parte de la juventud británica llegaría a la conclusión, con razón, de que en el caso de Bowie se trataba más bien de oportunismo barato que de racismo, pero aquel verano la credibilidad de Bowie como paladín del proscrito social quedó por primera vez seriamente menoscabada.



…Schöneberg representaba la esencia de la fascinación que David sentía por Berlin. A cinco minutos, en Pallasstrasse, había un enorme búnker nazi, el escenario desde el que Goebbels había pronunciado su discurso en el Sportpalast berlinés. A otros cinco minutos estaba la antigua casa de Christopher Isherwood en Nollendorfstrasse, la «calle pesada y pomposa» que había inmortalizado en la primera página de “Adios a Berlín”, con su descripción de cómo los jóvenes silbaban desde la calle a las mujeres en las casas con la esperanza de conseguir una cita, un pasatiempo que, evidentemente, también cultivó David. Era típico de la actitud de David que se interesase tanto por la iconografía del Berlín de Hitler como por las comunidades gays que los nazis habían asesinado, como recordaba una placa colocada en Nollendorferplatz, donde David y Jimmy compraban libros y tomaban café. Además, David puede que visitase el Museo Brücke y estudiase las obras de Heckel o Ernst Ludwig Kirchner que los nazis habían condenado por degeneradas y a continuación visitase tiendas de antigüedades donde encontraría entradas y panfletos  adornados con la delatora etiqueta que escondía la esvástica.


A Jimmy no le preocupaba el interés de David por el Tercer Reich, lo cual tampoco resultaba sorprendente si tenemos en cuenta que la última obra que Iggy había llevado al escenario incorporaba una escena de sí mismo azotado por su viejo compañero de grupo, Ron Asheton, vestido con un uniforme nazi y brazalete del partido. (Por cierto, Asheton asegura que fue él quien inventó la frase «Hitler fue la primera estrella del pop» que se convirtió prácticamente en la muletilla de Bowie.) Otros amigos de David dejaban de lado también los juicios morales; una conocida judía de David de su época berlinesa señala: «Siempre le fascinó, pero la cita que lo estigmatizó no la pronunció con mala intención. Quería decir que [los nazis] sabían cómo utilizar los medios de comunicación». A pesar de estar convencida de que David era una de las personas menos racistas que había conocido, esta amiga no recuerda que Bowie diese jamás explicaciones sobre esas afirmaciones tan burdas; de hecho, no fue hasta más adelante, tras conocer a unos agradables jóvenes cuyos padres habían servido en las SS, cuando se dio perfectamente cuenta de las auténticas implicaciones de su obsesión. Hasta 1980 no describió su coqueteo con el fascismo chic como un «asunto repugnante». Por otra parte, en una entrevista con Angus MacKinnon para NME en la que se tocaron muchos temas, señaló, con bastante razón, que él nunca había demostrado ser racista en su vida privada. Pero tampoco pidió perdón.


Era evidente que después de los últimos días de MainMan había sufrido una depresión nerviosa y necesitaba ayuda urgente para sus adicciones y para probablemente era un estado próximo a la anorexia. Pero no se la ofrecieron y, de haberla recibido, Bowie, tan concentrado como estaban en sus diversos proyectos, no se habría sometido voluntariamente a ningún tratamiento. Durante esa época profundamente infeliz para Bowie quizá más alarmantes fueron sus declaraciones públicas de admiración por la teatralidad e Hitler y los nazis. En una entrevista con Tony Parsons en 1993, David explicó con todo detalle cómo su fascinación por el nazismo y el misticismo se le escapó de las manos: 


“Goebbels me intrigaba más que cualquier otro nazi por cómo utilizaba los medios de comunicación. Era un tipo extraordinario. [...] Y mi otra fascinación por los nazis era la búsqueda del Santo Grial. Existía la teoría de que habían venido a Inglaterra antes de la guerra y fueron a la Glastonbury Tor para tratar de encontrar el Santo Grial. Era una necesidad artúrica, la búsqueda de un vínculo mitológico con Dios. Pero llegó un momento en que me dejé pervertir por aquello que leía y me atraía. No fue culpa de nadie más que yo. No me convirtió ningún satanista. Todo sucedió en Los Ángeles. Había algo horrible que impregnaba el aire de Los Ángeles en aquella época. [...] Y yo estaba interesado en los símbolos de los nazis. Creo que tenían los símbolos más poderosos que se han invocado jamás en la historia política. La esvástica. Adoptaron un símbolo budista, el símbolo oriental del sol, y lo invirtieron para convertirlo en símbolo de las tinieblas. Eso era lo que me intrigaba de los nazis. ¿Quién fue el mago? ¿Quién fue el mago negro?”



Su fascinación por lo oculto se manifestaba de formas peculiares. Al parecer Bowie consideraba a Jimmy Page, que estaba interesado en Alesteir Crowley, como una fuerza malévola que quería matarle (hay quien dice que simplemente envidiaba el enorme éxito de Led Zeppelin en América). Visto en retrospectiva, está claro que Bowie siempre tuvo interés por lo oculto así como una fascinación por los superhéroes. Un tema como «The Supermen», de 1970, es un ejemplo evidente. En 1976, Bowie declaró a Stuart Grundy, de Radio 1: «Todavía estudiaba el tema a fondo cuando fingía comprender a Nietzsche. [...] Buena parte de eso resultó de tratar de simplificar libros que había leído. [...] Y había intentado traducirlo a mi propio lenguaje para entenderlo, y de allí salió "Supermen". [...] Es prefascista.>


Tras un concierto celebrado el 26 de abril en Estocolmo, Bowie declaró:


“Tal como yo lo veo, soy la única alternativa para primer ministro en Inglaterra. Creo que Gran Bretaña podría beneficiarse de un líder fascista. A fin de cuentas, el fascismo es en realidad nacionalismo.”


En una entrevista concedida en 1975 Bowie había comentado: <Creo que, para empezar, habría que enderezar la moral. Es repugnante.» Y agregó: «En un futuro no muy lejano habrá una figura política que limpiará esta parte del mundo como hizo el rock and roll primitivo. Probablemente usted espera que no tenga razón, pero la tengo. [...] Es necesario que surja un frente de extrema derecha que lo limpie todo de cabo a rabo. Entonces podremos tener una nueva forma de liberalismo.>


Bowie veía en Hitler todos los atributos que impulsaban a las estrellas del rock. En una entrevista concedida a Cameron Crowe para Playboy en 1974, Bowie había dicho: «Adolf Hitler fue una de las primeras estrellas del rock. Fíjese en algunas de sus películas y en cómo se movía. Creo que era tan bueno como Jagger. [...] [Hitler] no fue un político. Fue un artista mediático. Usó la política y el teatro y creó esa cosa que gobernó, y controló el espectáculo durante esos doce años. El mundo no volverá a ver a nadie como él. Puso a un país en escena.» La prensa sensacionalista reactivó esta historia a raíz de las temerarias declaraciones de Bowie en 1976.


Todo ello era una prueba irrefutable de que Bowie estaba perdiendo los papeles, sobre todo cuando comentó a un periodista que él sería un excelente primer ministro en el Reino Unido porque sería dictatorial y bastante loco. Según la leyenda del rock, Bowie también visitó el búnker de Hitler e hizo que el fotógrafo Andy Kent le sacara una foto con el brazo extendido en un saludo nazi. Kent tuvo que jurar que nunca vendería esa fotografía a la prensa, una promesa que ha cumplido con prudencia.



No obstante, el día que ha pasado a integrar el folklore de Bowie es el 2 de mayo de 1976. Bowie llegó a la estación Victoria, donde sería recogido por una limusina descubierta que había pertenecido a un dictador sudamericano que fue asesinado. Existe una deteriorada filmación que muestra a Bowie saludando y sonriendo a una multitud de fans -algunos de los cuales le hacían el signo de la victoria y manifestaban a gritos su adulación- que se habían congregado para recibirle a la vuelta de su «exilio» de dos años en América. La película muestra luego a Bowie de pie en la parte trasera de la limusina y, por una oración de segundo, levantando la mano furtivamente pero con el brazo extendido. Podría tratarse de un saludo nazi, aunque parecía mucho más un ligero además, o incluso un progresista puño en alto, a lo John Lennon. 


Bowie estaba lo bastante perturbado mentalmente para hacer el saludo nazi en la estación Victoria ese día, si bien las pruebas no son concluyentes. Según un artículo publicado por el fan David Burbidge en el fanzine sobre Bowie Zi Duang Provence, ninguno de los periódicos sensacionalistas que cubrieron la llegada de Bowie hicieron mención alguna del gesto infame (aunque el Daily Mail dice que saludó a la multitud con el puño cerrado). De hecho, la historia comenzó en el NME, que publicó una fotografía que mostraba a Bowie, según Burbidge, «con el brazo en alto, en una posición que recuerda vagamente un saludo fascista, salvo que los dedos están ligeramente doblados y relajados, no rectos y rígidos». De hecho, el NME no decía nada de un saludo en el texto adjunto. (Bowie sostuvo siempre que el fotógrafo simplemente le sorprendió en mitad de un saludo con la mano.)


Entre la multitud congregada ese día se encontraba un muchacho de diecisiete años llamado Gary Webb, que no tardaría en convertirse en la estrella pop Gary Numan. "En realidad no llegué a verle porque había demasiada gente. Pero Bowie acababa de llegar de Alemania y estoy seguro de que la prensa buscaba algo. Uno está de pie en la par te trasera del coche y saluda a la enorme muchedumbre, que se encuentra a cierta distancia. Imagínate. Si un fotógrafo toma una serie de instantáneas de alguien que saluda, al final de la secuencia obtendrá un saludo nazi con el brazo extendido. Sólo falta un chalado de algún periódico musical o lo que sea para sacar una historia que huele mal. Me habría asombrado que hubiera hecho un saludo nazi. Cuando estuve allí no vi a nadie, y había miles de personas, que fuera por ahí diciendo: "¡Qué capullo! ¡Ha hecho el saludo nazi!" Nadie. La gente sólo pensó que saludaba, y estoy seguro de que eso fue lo que hizo."


Respecto a las declaraciones profascistas de Bowie a los medios de comunicación, el autor de teatro, letrista y redactor del Times, Alan Franks, que entrevistó al artista en verano de 1995, se expresa de este modo: «En aquella época, como dice en un tema muy posterior, estaba realmente deranged. Pasó por algunas experiencias terribles con drogas duras y con el alcohol, y creo que lo que se ha dicho sobre sus tendencias suicidas tiene alguna base. Supongo que estaba muy deprimido. Creo que ha conocido la adicción de verdad. Esa conducta, con el saludo nazi, ocurrió seguramente en el momento álgido de esa de pendencia. Todos decimos y hacemos cosas imprudentes y absurdas, pero ese incidente en concreto se debió a un agente externo, y me re fiero a sustancias estupefacientes que convirtieron a Bowie en alguien distinto del que era. De todas formas, se trata de una cuestión crucial porque, por más cambios por los que haya pasado, no creo que fueran el resultado de sustancias estupefacientes sino de algo así como una evolución natural de un tipo que está muy metido en su arte y en sus formas de expresión personal.»


En 1993, el propio Bowie llamó la atención sobre su ingenuidad (¿estupidez?): "Políticamente equiparé el fascismo al comunismo, o más bien al estalinismo. En mis viajes por Rusia pensaba: "Bueno, así debió de ser el fascismo." Desfilaban como ellos. Saludaban como ellos. Los dos tenían gobiernos centralizados. Es difícil entender que pudieras implicarte en todo eso sin tener en cuenta las repercusiones."


Algunas estrellas del pop han hurgado en la imaginería y la icono grafía de extrema derecha para hacer afirmaciones visualmente atrevidas y desconcertantes, y Bowie siguió ciertamente esta tradición. Los nazis poseían un aura visual muy poderosa y dominante, un aura que se ha desplegado en las esferas más inverosímiles. Muchos de los periodistas que presenciaron la gira de Bowie en 1976 recordaron viejas filmaciones de los mítines de Nuremberg y el uso creativo de la luz blanca para iluminar al Führer y establecieron comparaciones obvias. El divulgado interés de Bowie por el ocultismo no hizo sino echar más leña al fuego del escándalo, sobre todo porque había una vinculación más o menos directa entre Hitler, el nazismo y la práctica ocultista. En algunas partes de su iconografía, Bowie utilizaba inconscientemente la iconografía fascista. La insignia más reconocible de Bowie, el rayo de Aladdin Sane, originalmente diseñado por el fotógrafo Brian Duffy, que vio ingenuamente el dibujo en una olla Panasonic, tenía sus orígenes en la iconografía nazi. Según Brennan, «Himmler adoptó una "S" en forma de runa y parecida a dos rayos minúsculos».


En 1977, Bowie había comprendido el gravísimo error de sus modales como estrella del pop con el poder de influenciar a millones de personas. "Soy totalmente apolítico. [...] Por la clase de artista que soy, que trata de captar el ritmo del cambio, no estoy en condiciones de adoptar ninguna política ni postura concreta porque mi oficio es el de observador, y todas las declaraciones hechas respecto al fascismo fue ron una reacción teatral a lo que podía ver que sucedía en Inglaterra."



Así pues, Bowie justificaba sus comentarios como una muestra de teatralidad imaginativa, otra pose que adoptar con miras a su arte. Como él mismo ha comentado recientemente, lo que la gente quiere saber de verdad no es tanto si Bowie es un fascista como si es un racista. En su defensa, cabe señalar que nunca ha declarado nada a la prensa que se pueda considerar una afirmación racista. Ha tocado música de inspiración «negra» con músicos negros desde mediados de los setenta, ha salido con chicas negras, ha dado empleo a personas de color y actualmente está casado con una somalí. En 1992, Iman y David contribuyeron a la causa antirracista de The Face, y temas como “Black Tie White Noise" son celebraciones deliberadas de la diferencia racial. Claro que estos datos, tomados por sí solos, no son concluyentes al cien por cien: los misóginos salen, y se casan con mujeres, y les dan empleo. Sin embargo, es sumamente improbable, teniendo en cuenta todo lo que sabemos acerca de Bowie y su arte, que albergue sentimientos racistas. Prácticamente todas las entrevistas que Bowie concede vuelven, tarde o temprano, al tema de su supuesto nazismo y en cada ocasión David da la misma respuesta amable, año tras año.


No había duda de que Bowie coqueteaba con los símbolos del fascismo de un modo muy peligroso. No obstante, lo único hacía que en realidad era representar una función que ya es muy habitual. La habilidad única de Bowie consiste en destilar una contemporaneidad esencial, suministrarnos la quintaesencia de cómo se vive en un determinado período. Esto ha conferido siempre a su obra no tanto una aureola de profecía como una especie de plasmación surrealista de la existencia en un diario. Mientras que otros autores pop (Dylan, Lou Reed, Neil Young, Elvis Costello) captan el presente a través del lenguaje, Bowie lo evoca de una manera más abstracta, mediante imágenes, texturas, sensaciones. No pretendo con esto disculparle por algunas de las cosas que ha dicho, pero justificar esos comentarios como el producto de una inconsciencia inducida por las drogas tampoco me parece justo. Bowie más bien tomaba el espíritu de la época y lo teatralizaba a través de su arte. Tres años después de estos hechos, el Reino Unido eligió el gobierno más derechista de su historia, mientras en Estados Unidos el republicanismo se ponía de moda.


A mediados de los setenta, en Gran Bretaña se vivió un aumento Movement y el National Front, que crecían en el contexto socioeconómico del desempleo y el descontento juvenil. Bowie fue elogiado en el periódico neonazi Spearhead por rechazar los géneros musicales del flower power, tan detestados por la extrema derecha, y por defender a Nietzsche. Este es un breve fragmento del artículo «Don't Condemn Pop» («No condenéis el pop»), publicado en 1981: «Es esa vieja música del Flower Power de los sesenta, con su inclinación a las drogas, etc., lo que justifica los intensos sentimientos que muchos nacionalistas progresistas albergan contra la música pop en general. Sin embargo, a principios de los setenta surgió David Bowie, cuyo rechazo total a ese estilo de música indica la marca de su música pop. Él trajo una bocanada de aire fresco a la escena musical; de hecho, la influencia de Friedrich Nietzsche es evidente en temas de Bowie como "Starman", "Changes" y el excelente "Quicksand".»


Según el líder del grupo, Carlos Alomar, Bowie nunca fue un fascista ni un nazi: «No eran más que palabras. Hay que recordar que [Bowie] es un pseudointelectual. Es lo que lee, y en aquella época de su vida leía muchas memeces. A los dos nos gusta sermonear. A mí me da más por el lado religioso, mientras que él es un intérprete de información. Muchas veces le veía en el estrado como si presidiera un tribunal. David se sienta y habla ante un público; ése es el temperamento del pseudointelectual: escoger un tema del que nadie sabe nada y extenderse sobre él durante aproximadamente una hora para que no le interrumpan. Esos temas de conversación -el nazismo, el barroco y la arquitectura de fin de siglo- son las cosas de las que habla David. Yo no doy demasiada importancia a nada de eso; a él le gusta hablar. Si se considera un intelectual, debe demostrarlo ante otros intelectuales. No hay duda de que ha leído mucho, pero no creo que escoger un tema que nadie más conoce sea conversación.»